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¿MERIDA TURÍSTICA O BAZAR CALLEJERO?

Rescatemos a Mérida

Por: Licenciada Rosalba Contreras de Ontiveros

Siempre he visto a Mérida como la ciudad serrana a pesar de los toques modernos en su urbanismo; su belleza paisajística me deslumbra desde que tengo conciencia de existencia como ser. Adoro observar sus montañas cubiertas de nieve y pasear en las estrechas calles de la cuadra central que da a la plaza Bolívar, al palacio de gobierno, a la Basílica Menor de la Inmaculada Concepción y al viejo edificio de la “esquina de la justicia” como suelo llamarlo.

AL principio no solía entender a la ciudad y ella poco me entendía a mí, pero luego entramos en total confraternidad y ello sólo ocurrió en el momento exacto que desperté con ojos de artista principiante. Un día cualquiera del año 1979 por el mes de agosto, entré de tardecita a la capital, el sol de los venados bañaba las cumbres cercanas al Pico Bolívar y nubes rosas jugueteaban disputándose los últimos rayos de zuhé. Esa noche pernocté por los lados de la urbanización Humboldt en casa de un familiar, todavía Mérida era pastizales y cañamerales en sus alrededores y la densa neblina arropaba la noche para hacer que los bohemios se llegaran a Casa Vieja a degustar el churrasco tres cuartos y catar los vinos chilenos con preferencia el carmenere o el sauvignon que por la época eran más accesible a nuestro bolsillo. Esa Casa Vieja quedaba por el centro; no recuerdo con exactitud la calle, pero allí podían los parroquianos y los visitantes que aprestaran oído; como en mi caso, viajar por Italia, España, Portugal o dar un corto paseo a la Argentina del Che, o a los viñedos de Undurraga o Casa Blanca en Chile. A Casa Vieja se entraba rico y se salía rico aunque sin una locha en el bolsillo, pero uno llevaba la mente abierta para apreciar las cosas bellas que le ofrecía la quietud de la ciudad que despertaba, o la algarabía de los estudiantes después de una noche de parrandas y caravanas de grado. Se respiraba aire fresco, tranquilidad, seguridad y se podía apreciar la riqueza arquitectónica de las viejas casas que albergaban los comercios en las calles centrales de la ciudad.

En la Plaza Bolívar eran frecuentes las tertulias con familias de toda la geografía del Estado que convergían en el lugar para buscar un poco de descanso o simplemente tomar la foto del recuerdo y hacer nuevos amigos. Al sentarse en la Plaza Bolívar, uno sorbía febrilmente el aroma de la ciudad como si fuese un vino de Casa Vieja, uno curaba el alma con los sentidos y los sentidos con el alma cual Dorian Gray al posar para su retrato.

No supe cuando perdí a esa ciudad tan querida, de repente me consigo con una ciudad desfigurada, deshumanizada, insegura, poblada de buhoneros que ocupan las aceras y no hay libre paso para el transeúnte, una Mérida afeada cual vulgar bazar y sin poner comparación con ningún pueblo nuestro, o con los pueblos hermanos allende de nuestra frontera para evitar malos entendidos; es una fealdad propia, somos sus autores por muchas razones: la primera; porque incapaces de quejarnos dejamos que se desfigure, la segunda porque tenemos autoridades complacientes, incompetentes que nada hacen por el rostro de la ciudad.

Me pregunto ¿Esa es la cara de la Mérida preciosa que tenemos para mostrarles a los turistas? Un centro abarrotado de carros y del bullicio de mercaderes vociferando sus mercancías en un desenfreno por vender primero a costa de arrebatar sin pudor los espacios públicos que fueron concebidos con otro fin. Perdimos los placeres sencillos y con ello el último refugio en medio de lo complejo y ganamos una ciudad enmarañada, una verdadera selva de concreto en continuo y desordenado movimiento que conturba nuestros sentidos y embota de tristeza nuestra alma. ¿Quién le pone fin a ese mercado persa? El Señor gobernador, el Señor Alcalde, no importa de dónde emanen las directrices que corrijan tal desaguisado, importante y vital es que nos regresen nuestra ciudad para volver a mostrarla y vivirla con orgullo.

Que se entienda, no es una crítica a quienes se ganan la vida practicando el buhonerismo como forma honrada de ganarse la vida; es una crítica al sistema que destruye las fuentes de trabajo estable y empobrece a nuestra nación, haciendo que cada día más ciudadanos busquen en la economía informal la fuente de ingreso que le ayude a paliar sus necesidades básicas.

¿Quién nos dará de nuevo luz, tanta belleza para presentar a Mérida en su entrada Sur y que contraste cuando llegamos a su corazón? Parecen dos ciudades distintas, la Mérida Preciosa que hace de vitrina en los mostradores turísticos y la Mérida que muere de adentro hacia afuera cual cáncer traidor.

A los 52 años de Democracia, de una desconocida americana hija de la tierra de Bolívar para los más fervientes admiradores de un ambiente humanizado y habitable.

Licenciada Rosalba Contreras de Ontiveros
Fecha: 29/04/2010
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